Cuatro años en la costa: la vida del Indio Solari en Valeria del Mar antes de los Redondos
El Indio Solari murió este viernes 5 de junio a los 77 años en su casa de Parque Leloir. La noticia golpeó de lleno a los fanáticos de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota y a quienes siguieron su carrera solista. Y, como ocurre cada vez que se va una figura de esa dimensión, las palabras que dejó grabadas volvieron a circular con una urgencia nueva.
Entre esas palabras, las de su última aparición en Caja Negra, el programa de Julio Leiva en Filo News, recuperaron una atención particular. Allí, el cantante habló de su familia, de su hermano militar, de su padre y de la vez que desertó del servicio militar con una maniobra que mezcló audacia, aburrimiento y un humor que solo él podía tener.
La conversación arrancó con una observación que Leiva lanzó casi como al pasar: en una misma familia habían salido un hijo militar y un hijo hippie. El Indio lo confirmó sin vueltas y fue directo al dato que lo definía todo: durante años, en los asados familiares, perdía “dos a uno”.
“La familia nos dio cabida a los dos”, dijo. Su hermano había cumplido el libreto completo. A los 22 años ya era subteniente, en una época en que el ejército todavía cargaba con cierto prestigio social. A los 23 se casó, tuvo hijos, hizo exactamente lo que el padre esperaba. Él, en cambio, aparecía en esas reuniones con compañía poco convencional. “Estando en Valeria, cuando iba a la casa de ellos, aparecía, el gordo Pierre con una tipa que estaba empastillada, todo y todo un desastre”, recordó entre risas. La familia les dio cabida a los dos, dijo, pero la asimetría era evidente y él la vivía con la conciencia clara de quien sabe que ocupa el lugar incómodo.
Esa incomodidad tenía, sin embargo, un contrapeso que el tiempo terminaría acomodando a su favor. Cuando tuvo que irse de La Plata para no hacer la colimba: “Hubo un momento en que tuve que rajarme de La Plata y me llevé mis libros para allá, para Valeria. A todo esto, estamos hablando de Valeria, que es del partido de Pinamar, que todo era de tierra, caían cuatro gotas y te tenías que quedar”. Pero fue ahí donde dejó su biblioteca, y esa biblioteca cambió algo en la dinámica familiar.
“En un momento vuelvo a La Plata y con el tiempo empiezo a ver que mi viejo me entra a dar la razón a mí, porque había dejado mis libros ahí y mi viejo empezó a leer Paracelso, qué sé yo, cualquier cosa, pues mis libros son raros, por ejemplio la astrología durante el antiguo testamento y mi viejo embolado, ya los libros de historia los había leído todos, empezó a leer y estaba en un ambiente natural, tenía su quinta, el tipo estaba en la gloria. Y a partir de ahí mi hermano, con todo derecho, le reclamó,le dice:’¿Cómo es esto Ahora este tipo resulta que es el capo total y yo hasta ahora venía tirando papel picado y se acabó’“, recordó entre risas el cantante.
Antes de ese desenlace familiar, había habido una fuga. La salida de La Plata no fue solo una decisión existencial: fue también una maniobra para esquivar el servicio militar. Y cuando llegó el momento de formalizar esa deserción, el Indio lo hizo con una precisión que decía mucho de cómo funcionaba su cabeza.
No mandó el telegrama desde Pinamar, donde estaba. Bajó hasta Madariaga. La razón era simple: “Me era demasiado vergonzoso” mandar el aviso desde un balneario. Desde allí envió el parte: “Soldado con grito clase cuarenta y nueve, imposibilitado de volver a destino por enfermedad”.
Lo que contó después fue aún más revelador. Antes de desertar, había cumplido funciones en Inteligencia de Operaciones, asignado ahí porque sabía dibujar. El trabajo consistía en actualizar unos tableros con símbolos: triángulos, círculos de distintos colores, cada uno con un significado preciso sobre qué efectivos debían proteger qué lugares en caso de conflicto. El correo, la legislatura, los puntos neurálgicos.
“En esa época no había computadoras”, recordó, y describió el sistema: tableros con símbolos donde “un triángulo tal cosa, un círculo amarillo, un círculo rojo” explicaban, a través de esa simbología, qué efectivo tenía que ir al correo, a la legislatura, a los lugares importantes. El Indio, de aburrimiento, empezó a intervenir esos tableros. “Empecé a hacer cualquier cosa con los símbolos”, dijo. El remate fue la creación del triángulo negro: un símbolo propio, inventado, que indicaba que a determinados lugares debían ir monjas.
“Inclusive inventé uno que era el triángulo negro, que eran monjas, que tenían que ir monjas”, contó entre risas. En el momento no pasó nada. Pero años después, cuando ese material fue consultado, “era un quilombo total”.
En Recuerdos que mienten un poco, su autobiografía conversada con Marcelo Figueras, Solari lo recordó sin rodeos: “En un momento me dije: ‘Tengo que rajar de acá’. Estaban todos dementes y además la cosa se empezaba a poner espesa. Nos cortaron licencias, nos ponían en los techos al mando de unas ametralladoras de pie que no sabíamos manejar”.
Para salir, convenció a un suboficial mayor de que necesitaba ver a su madre por un problema de salud. Sacó un pasaje de micro y se fue. Lo que el libro agrega a la historia ya conocida de la deserción es la dimensión de lo que vino después: “Rajé de ahí y me fui para la costa. Entonces viene toda la etapa del beach boy. Fueron cuatro años, como mínimo”.
Su padre había comprado un terreno en Valeria del Mar a comienzos de los 60. “Ahí no había nada. Se iba en bicicleta de Valeria a Pinamar, cortaba leña, se abastecía solo”, recordó. Cuando llegó escapando de la colimba, ese desierto se convirtió en su mundo. Tomó a cargo un hotelito llamado Alex, armó una panquequería al lado y en invierno el local funcionaba como comedor para obreros.
Ya entrados los 70, una noche dos clientes alemanes lo invitaron a Gesell en un jeep de guerra y le dieron a probar papel picado por primera vez. “Fue uno de los mejores paseos de mi vida, había noctilucas en el mar. Te metías en el agua, te sacabas la malla, la agitabas y brillaba”. En esa misma etapa realizó su primer registro fonográfico con una guitarra, dos grabadores y un balde de plástico. Días antes de la charla con Figueras había redescubierto una cinta de esa época con tres canciones, una de ellas llamada “Aquella solitaria vaca cubana”.
