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EL DETECTOR DE TRAMPOSOS

2 Junio 2026 at 17:25

Vas a comer con amigos a un restaurante. Llega la cuenta, alguien del grupo  (el mismo de siempre)  propone dividirla en partes iguales. Tú pediste una ensalada y un agua. Él pidió dos cervezas, un filete y el postre más caro del menú. Y de nuevo, ahí está pidiendo dividir en partes iguales. Esa alarme que viene en forma de malestar tiene un nombre científico: es el módulo de detección de tramposos, y es probablemente uno de los mecanismos cognitivos más eficaces que existen en el cerebro humano.

Durante cientos de miles de años, los humanos sobrevivimos cooperando. Cazábamos juntos, cuidábamos el fuego juntos, criábamos a los hijos entre todos. Ese sistema funciona de maravilla, siempre y cuando nadie lo aproveche. El que recibe los beneficios del grupo sin poner de su parte —lo que en biología se llama un parásito social— es una amenaza para todos. Los grupos que no detectaban a ese tipo de personas desaparecían. Los que sí los detectaban, sobrevivían. Por eso lo heredamos.

Y no somos los únicos. El primatólogo Frans de Waal lleva décadas estudiando chimpancés y documentó que ellos también llevan una especie de libreta mental de quién cooperó y quién no. Hay incluso peces, como los peces limpiadores del arrecife, que modifican su comportamiento cuando saben que otros los están observando. El ojo social no es exclusivo de los humanos.

En los años noventa, dos investigadores diseñaron un experimento para entender exactamente cómo funciona esto en el cerebro. Le dieron a sus sujetos cuatro tarjetas. Cada tarjeta tenía un número de un lado y una letra del otro. La regla era simple: si una tarjeta tiene una vocal, del otro lado debe tener un número par. ¿Cuáles voltean para verificar? La mayoría de la gente se equivoca. La lógica pura, al cerebro humano, no se le da especialmente bien.

Entonces los investigadores cambiaron la presentación, pero respetaron exactamente el mismo principio lógico. Ahora las tarjetas decían: “bebiendo cerveza”, “bebiendo refresco”, “25 años”, “16 años”. Y la regla era: si alguien está bebiendo alcohol, debe ser mayor de edad. ¿Cuáles voltean para atrapar al que hace trampa? Casi todos lo resuelven de inmediato.

El número de respuestas correctas casi se triplicó. No porque el problema fuera más fácil —era idéntico— sino porque activaba un circuito diferente. Uno que no razona en abstracto, sino que busca, específicamente, quién está recibiendo un beneficio sin cumplir la regla. Quién está haciendo trampa.

Otro experimento muy revelador es el Juego del Ultimátum. A dos personas desconocidas entre sí les dan cien pesos. Una decide cómo repartirlos. La otra solo puede hacer una cosa: aceptar o rechazar. Si rechaza, los dos se quedan sin nada. No hay negociación. No hay segunda oportunidad.

Lo que la economía clásica predice es obvio: cualquier cantidad mayor que cero debería aceptarse, ganar algo siempre es mejor que quedarse sin nada. Pero eso no es lo que pasaba. Cuando la oferta se siente injusta, por ejemplo, te doy diez y me quedo con noventa, la otra persona la rechazaba. Prefería irse con cero antes de permitir que el aprovechado saliera ganando.

Pero hay una variante que lo lleva todavía más lejos. Otros investigadores daban una cantidad por igual a varios sujetos, por ejemplo, 100 pesos. Se les dijo que podían elegir cuánto dinero poner en un fondo común. Lo que se reuniera entre todos, se triplicará y se repartiría en partes iguales, independiente de lo que cada uno haya dado. La mayoría puso los 100 pesos, pero hubo algunos que se quisieron aprovechar y no pusieron nada o pusieron menos. Los investigadores agregaron al experimento una opción extra: cualquier participante podía gastar parte de su propio dinero para castigar a quien no cooperó igual, pero recibió la misma cantidad que todos. Por ejemplo, tenías que dar 20 pesos para que al tramposo se le quitara 30 pesos. Y la gente lo hacía. Pagaba de su bolsillo, sin obtener nada a cambio, solo para que la injusticia no quedara sin castigo. Los investigadores lo llaman el castigador altruista.

Volvamos al restaurante. Quizás la diferencia en la cuenta son cien pesos. Quizás menos. Racionalmente, no vale la pena ni mencionarlo. Pero nuestro instinto, el detector de tramposos piensa distinto, ya que está ejecutando un programa que lleva miles de años funcionando. Lo más curioso es que junto a ese detector opera otro mecanismo igualmente humano que es el que nos hace sonreír, y pagar sin decir nada, para evitar conflictos.

El cargo EL DETECTOR DE TRAMPOSOS apareció primero en Tribuna de México.

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