Vista de Lectura

La lealtad y el trono

Este dilema político siempre se ha presentado en todas las épocas. ¿A quién debe ser leal la Corte de un gobernante: al rey o a la nación?

La confusión entre la lealtad al proyecto y la lealtad al hombre. No es un dilema nuevo. Ha acompañado a todos los regímenes, a todas las revoluciones y a todos los movimientos que alguna vez prometieron transformar la historia. Porque una cosa es servir a una causa y otra muy distinta rendir obediencia absoluta al caudillo que la encarna.

Hoy México presencia nuevamente esa vieja disputa. Morena, el partido que nació como movimiento antisistema y terminó convertido en estructura de poder, enfrenta el conflicto inevitable de todas las fuerzas políticas que llegan al gobierno: decidir quién manda realmente. Si el liderazgo institucional de la presidenta Sheinbaum o la gran sombra política López Obrador.

La historia enseña que ningún líder abandona totalmente el poder. Algunos dejan el cargo, pero no el mando. El problema es que tampoco los herederos aceptan eternamente gobernar bajo tutela. Ahí comienza la tensión. Ahí nacen las pugnas internas. Y ahí empiezan las guerras silenciosas por el control del futuro.

Porque en política la sucesión nunca termina el día de la elección; comienza al día siguiente.

Durante años, López Obrador construyó un movimiento atado a una lealtad personal. No exigía únicamente coincidencia ideológica, sino obediencia emocional. Quien disentía era sospechoso. Quien corregía, traidor. Quien aspiraba a tener voz propia terminaba marginado. La lógica era sencilla: en tiempos de transformación, la disciplina importa más que el talento. La lealtad por encima de la capacidad.

Así se formó una generación política acostumbrada a mirar hacia Palacio Nacional antes de tomar decisiones. Funcionarios que aprendieron que en México sigue vigente aquella vieja frase cortesana: “¿Qué horas son? Las que usted diga, señor presidente”.

Sin embargo, el poder tiene una regla inmutable: ningún liderazgo acepta compartir eternamente el centro del escenario. Y aunque Sheinbaum llegó impulsada por el obradorismo, el ejercicio real del gobierno obliga a construir autoridad propia. No existe presidenta fuerte bajo la condición de ser únicamente administradora del legado ajeno.

Por eso, dentro de Morena comienza a dibujarse una línea cada vez más visible entre quienes consideran que la continuidad significa la obediencia intacta al fundador y quienes entienden que gobernar también implica corregir, ajustar y redefinir el rumbo.

La batalla por la elección de 2027 ha puesto el escenario. No solo estarán en juego gubernaturas, congresos y presupuestos, sino la definición del verdadero centro de gravedad del movimiento. Saber quién hereda el poder, quién reparte candidaturas y quién conserva la capacidad de decidir el destino político de cientos de aspirantes cuya única ideología conocida ha sido siempre la cercanía al vencedor.

Porque la lealtad en política suele durar exactamente lo mismo que dura la fuerza del líder. “Andy” López Beltrán, replegado en Tabasco, nos da un norte de la situación de la batalla en este momento. Se fue de la cúpula Morenista, arrastrando sus escándalos y derrotas. 

Pero los clásicos ya advertían sobre las lealtades. Maquiavelo entendía que el príncipe debía inspirar más temor que afecto. Séneca advertía que la lealtad comprada puede venderse nuevamente. Y Ortega y Gasset recordaba que el hombre termina siendo él y sus circunstancias. En política mexicana, las circunstancias suelen resumirse en una sola pregunta: ¿quién tiene hoy el poder real?

Por eso abundan los conversos repentinos, los defensores de ocasión y los nuevos intérpretes de la doctrina oficial. Muchos de quienes ayer juraban fidelidad absoluta al presidente hoy comienzan a acomodar el discurso alrededor de la presidenta. No por convicción, sino por supervivencia. Porque en el fondo la política mexicana conserva intacta su tradición cortesana: arrimarse al árbol que garantice mejor sombra.

La paradoja de Morena consiste en que nació denunciando los excesos del viejo presidencialismo y terminó reproduciendo muchos de sus rituales. El culto al líder, la disciplina vertical, la concentración moral de la verdad y la idea de que disentir equivale a traicionar. Cambiaron los nombres, cambió el lenguaje, pero no necesariamente las formas del poder.

Y aun así, toda transición contiene una rebelión. Ningún grupo político permanece unido cuando aparecen las candidaturas, las ambiciones y las sucesiones adelantadas. La lucha interna no se libra únicamente entre adversarios; se libra, sobre todo, entre compañeros.

La verdadera dimensión del conflicto no radica en reconocer si existe o no división dentro de Morena. Resultaría ingenuo pensar que un movimiento político con semejante concentración de poder pueda mantenerse ajeno a las disputas internas. Lo verdaderamente relevante es observar hasta dónde puede escalar esa tensión y exhibir las fisuras.

Esto no es de hoy, en México el presidencialismo es así. No solo se exige lealtad, sino abyección. Solo los verdaderos mexicanos. Los que realmente sienten a su patria la ponen primero. Lo demás, ni siquiera es lealtad, solo simulación. 

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¿Se puede gobernar sin mentir?

El exministro de la Suprema Corte de Justicia, Juan Luis González Alcántara, se hace esta pregunta en un reciente artículo publicado por el Heraldo de México, y expone lo siguiente: En el libro “Le Pouvior et la vie” (El poder y la vida) Valéry Giscard d’Estaing nos narra un pasaje que vivió como presidente de Francia: en la primavera de 1977, unos productores tuvieron la idea de montar un programa titulado “veinticinco estudiantes de secundaria con el presidente de la República”. Para ello se seleccionaron una muestra de estudiantes, niñas y niños, que representaban los diferentes orígenes, parisinos o provinciales, y la diversidad de condiciones sociales de sus padres. Ya en el desarrollo del programa, cada estudiante interrogó libremente, sorprendiendo uno que preguntó: “¿Tú, jefe de Estado, puedes gobernar sin mentir? En su opinión, ¿la moral y la política tienen algo que hacer juntas?”. Giscard respondió que: “se podía gobernar sin mentir y que creía haberlo hecho durante tres años, pero que había una serie de secretos, cosas que no se pueden decir”, añadiendo, “hay menos secretos de los que creemos, en este momento debo ser dueño de tres o cuatro secretos importantes, pero no más”.

Con esto entraba en contradicción, porque intentaba separar la mentira y demagogia de los llamados secretos de Estado. Algo que se tiene que guardar y no puede hacerse público, para ello están obligados a mentir. En la Casa Blanca de los Estados Unidos corre una frase para ilustrar la posición presidencial ante situaciones difíciles y comprometedoras, y dicen: “Que no se entere el presidente, para que así no tenga que mentir”. 

Pero para efectos reales, la mayoría debe considerar que es punto menos que imposible que un gobernante pueda ejercer sus funciones sin tener que recurrir a la mentira. Sobre todo, si es de las corrientes populistas como muchas que hay en este momento en el mundo. Difícilmente pueden evadir el recurrir a la demagogia para ejercer el poder. Y recuerden que “La demagogia es una estrategia política que busca ganar el apoyo popular mediante discursos emocionales, promesas irreales, mentiras o información sesgada, en lugar de utilizar argumentos racionales. Es considerada una degeneración de la democracia donde los líderes apelan a los prejuicios y miedos del pueblo para obtener poder”.

Además hay que recordar que la demagogia apela a las emociones y no a la razón. Busca excitar las pasiones (ira, esperanza, miedo) más que el razonamiento lógico. Para ello recurre a promesas irrealizables ofreciendo soluciones simples a problemas complejos que no pueden cumplirse. Además utiliza mentiras o datos descontextualizados para engañar a la población. En pocas palabras, su recurso más usado sin duda son las mentiras en todos los tonos posibles. No tienen pudor para mentir y mentir en todo lo que ofrecen y hacen. Luego entonces resulta punto menos que imposible que puedan gobernar sin usar la mentira como principal herramienta. 

El ejemplo más palpable de cómo se recurrió a la mentira para gobernar está con Andrés Manuel López Obrador quien de acuerdo con la Consultora SPIN, tan solo al cierre de su cuarto año le habían contabilizado cien mil afirmaciones falsas, engañosas o no comprobables dichas tan solo en sus conferencias mañaneras. Esto se debe a que basaba su estrategia de comunicación en el uso de propaganda no de información veraz. Para sostener esto tenía una enorme estructura de comunicación, comenzando con enormes granjas de bots que arropaban todo lo dicho. Eran su principal defensa y además usadas para promover linchamientos mediáticos. Para convencer a sectores sociales de que lo dicho por el presidente era verdad, aunque se comprobara que era una mentira total. 

De acuerdo al balance de SPIN se reportaron hasta 94 o más de 100 afirmaciones falsas por conferencia, según diferentes análisis. Esta cifra superó por más del triple las 30,500 afirmaciones similares contabilizadas a Donald Trump en cuatro años de mandato. Las falsedades incluyeron promesas incumplidas, datos erróneos sobre la economía, seguridad y la supuesta eliminación de la corrupción, según análisis de seguimiento. Con esto demostró que sin la mentira como herramienta hubiera sido punto menos que imposible que hubiera podido gobernar. Además su discurso se sustentaba en los beneficios que recibían los sectores de la población con los programas del Bienestar.

Con esto queda claro que un gobierno populista por naturaleza será un gobierno que opere con las mentiras. Porque les resulta muy arriesgado el decir la verdad, ya que quedaría al descubierto. Es de imaginarse la crisis que generaría el que se reconociera que el gobierno de Sinaloa tiene relaciones con los grupos criminales. Muchos caerían por efecto de fichas de dominó.

Una solución que nunca veremos es que los políticos, candidatos y funcionarios se sometan a un examen de conciencia y pasen por el detector de mentiras. Es increíble que este requisito se le pida a un simple aspirante a policía y ni siquiera se aplique a los gobernantes. Pero nadie tomará este riesgo porque es obvio que quedarían exhibidos de mentirosos. Por lo mismo, hay que resignarnos en que nuestros gobernantes seguirán usando la mentira para sostenerse en el poder. 

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