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Arizpe, la Ciudad Prócer que busca convertirse en Pueblo Mágico

15 Agosto 2026 at 05:15

Por Ileana Bernal de la R.

Hay pueblos que necesitan un nombramiento para ser descubiertos y hay otros cuya historia habla por sí sola. Arizpe pertenece a la segunda categoría.

Enclavado en la Sierra Alta de Sonora, Arizpe conserva una de las historias más profundas del estado. Fue fundado como misión jesuita en 1646 y durante el periodo virreinal llegó a convertirse en capital de las Provincias Internas de Occidente, desde donde se administraban enormes territorios del noroeste de la Nueva España.

Su importancia histórica es precisamente una de las razones por las que Arizpe busca obtener el nombramiento de Pueblo Mágico. El Gobierno de Sonora ha señalado que trabaja para que la localidad alcance esta distinción y pueda fortalecer su actividad turística y la economía regional.

Una ciudad con historia en cada calle

Arizpe no necesita inventar leyendas para atraer visitantes. Su patrimonio está en sus templos, calles, plazas y edificios históricos. El municipio cuenta con 188 monumentos históricos registrados ante el INAH, una riqueza que da cuenta de su importancia durante distintas etapas de la historia de Sonora.

Uno de sus principales símbolos es el Templo de Nuestra Señora de la Asunción, un inmueble de origen misional considerado monumento histórico. Su presencia recuerda la época en que Arizpe fue uno de los principales centros de evangelización y organización territorial de esta región.

También forma parte de su memoria la figura de Juan Bautista de Anza, quien desde Arizpe emprendió la expedición que posteriormente contribuiría a la fundación de San Francisco, California.

¿Por qué es una candidata natural?

El programa federal Pueblos Mágicos busca reconocer localidades con atributos simbólicos, historia, leyendas, tradiciones, patrimonio cultural y manifestaciones que las distinguen y que pueden convertirse en una oportunidad para el desarrollo turístico.

Arizpe reúne buena parte de esos elementos: historia virreinal, arquitectura religiosa y civil, tradiciones, gastronomía regional, paisajes serranos y una identidad profundamente ligada a la historia de Sonora.

Incluso el propio municipio mantiene como parte de su identidad oficial el título de Ciudad Prócer, reconocimiento relacionado con los personajes ilustres y acontecimientos históricos vinculados con la localidad.

El título de Ciudad Prócer no es lo mismo que Pueblo Mágico. El primero forma parte de su reconocimiento histórico; el segundo es una denominación turística federal que Arizpe todavía busca obtener.

 

Entre historia y naturaleza

La ubicación de Arizpe también le da otra ventaja. La localidad forma parte de la Ruta del Río Sonora y su entorno ofrece posibilidades para desarrollar turismo de naturaleza y aventura. Documentos de planeación regional identifican al Valle de Arizpe como una zona con potencial turístico y señalan las áreas naturales ubicadas al oriente de la localidad como espacios susceptibles de aprovecharse para recorridos de aventura.

Por eso, visitar Arizpe no significa solamente caminar por un antiguo pueblo serrano. Es acercarse a uno de los lugares desde donde se construyó buena parte de la historia política, religiosa y territorial del noroeste mexicano.

Arizpe aún no puede presumir oficialmente el título de Pueblo Mágico. Pero tiene algo que ningún nombramiento puede fabricar: una historia de casi cuatro siglos, patrimonio tangible y una identidad que permanece viva.

El reto ahora es convertir esa riqueza en una experiencia turística capaz de atraer visitantes, generar oportunidades para sus habitantes y colocar a esta Ciudad Prócer de Sonora en el mapa nacional.

Cien años de la Guerra Cristera

7 Agosto 2026 at 06:28

Editorial

Un comunicado de la ACJM de Guadalajara nos recuerda que “El día 31 de julio de 1926, el culto público fue suspendido en toda la nación, de acuerdo con la orden dada por el episcopado mejicano en su Segunda Carta Pastoral Colectiva. En los días anteriores a tan drástica medida, el pueblo fiel se volcó en los templos. Miles de matrimonios, bautizos y confirmaciones fueron hechas en todos los rincones de la República. El cumplimiento de tales disposiciones dio origen a que los católicos defendieran sus templos cuando los agentes del Gobierno se presentaron a posesionarse de ellos el mismo 31 de julio, lo que ocasionó los primeros atentados y choques armados en distintos lugares del país: Puebla, Pue., Torreón, Coah., Guadalajara, Jal., y Sahuayo, Mich”.

Así inició la llamada Guerra Cristera, en donde miles de mexicanos murieron en defensa de sus creencias religiosas. Una etapa que por muchos años ha sido ocultada por el cinismo del sistema oficial en sus diferentes manifestaciones. Una etapa que debe de llenar de vergüenza al gobierno, porque fue una real represión al pueblo católico mexicano. Esto no aparece en los libros de texto, en donde cínicamente destacan otras acciones represivas como la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa o la masacre de Tlatelolco, donde murieron cientos de estudiantes. Sin embargo, guardan silencio ante los miles –porque eso fueron, miles– de asesinatos en católicos que defendieron su fe y creencias. 

Se cumplen ya 100 años del inicio de la Guerra Cristera (1926-2029), un conflicto armado en México provocado por las medidas anticlericales del presidente Plutarco Elías Calles y la entrada en vigor de la llamada «Ley Calles» el 31 de julio de 1926, lo que desató la suspensión del culto público y una profunda confrontación social. De acuerdo a las crónicas hay que recordar que todo inició cuando la Constitución de 1917 estableció restricciones a las iglesias y prohibió la participación política del clero. Luego llegó la llamada Ley Calles (1926), que reformó el Código Penal para limitar el número de sacerdotes y prohibir la educación y vestimenta religiosa pública. En respuesta a la agresión del gobierno, el clero decretó una suspensión de cultos y el 31 de julio de 1926, los obispos cerraron los templos y detuvieron los servicios religiosos visibles como protesta. 

Tras estas agresiones a la Iglesia Católica vino la resistencia armada. Campesinos y civiles católicos formaron el bando de los «cristeros» para defender su fe en estados como Jalisco, Guanajuato, Michoacán y Colima. Las mujeres organizaron redes de apoyo logístico, aprovisionamiento y defensa de los espacios de culto clandestinos. El conflicto dejó decenas de miles de víctimas y combatientes caídos a lo largo de tres años de lucha. Después de años de violencia y cruel represión del gobierno de Elías Calles, el 21 de junio de 1929 se firmó un acuerdo entre la jerarquía católica y el gobierno de Emilio Portes Gil que permitió reabrir los templos bajo un nuevo entendimiento legal. En Sonora el conflicto religioso no terminó porque en 1931 llegó a la gubernatura Rodolfo Elías Calles, quien continuó con acciones represivas contra católicos.

Por muchos años esta parte de la historia de México trató de ocultarse. Cínicamente los gobiernos no tocaban el tema. Oficialmente la guerra cristera no aparecía en la historia de México. Terminaba la Revolución y de ahí se pasaba en los libros de texto al llamado México Moderno. Y así se archivó esta parte de la historia. Los gobiernos del PRI decidieron no tocar el tema porque, a querer o no, fueron cómplices de los crímenes contra el pueblo católico dado de que su fundador fue Plutarco Elías Calles. Con la llegada de la izquierda de Lázaro Cárdenas se trató de arreglar el conflicto, pero se archivó para efectos oficiales de la historia oficial. Y así siguió. Incluso cuando llegó el PAN a la presidencia tampoco se puso el tema en los textos oficiales. Para el gobierno mexicano se puede decir que la guerra cristera solo fue una anécdota, y con ello se buscó que la sociedad ignore el sacrificio de miles de mártires por su fe. 

Pero la Iglesia y la sociedad católica ahora buscan recordar el holocausto católico, a cien años del inicio de la guerra cristera. En un mensaje publicado en el Semanario Desde la Fe, de la Arquidiócesis de la Ciudad de México, los obispos aclaran que la Iglesia en México no conmemora una guerra ni exalta la violencia, sino que recuerda tres realidades fundamentales que dejó ese cruento episodio:

 

“Queremos decirlo con toda claridad, para que nadie se equivoque ni instrumentalice nuestra palabra. No conmemoramos una guerra ni celebramos una victoria; no exaltamos las armas ni idealizamos la violencia, de dondequiera que haya venido. No convocamos a la revancha, no alimentamos el resentimiento y no ponemos esta memoria al servicio de ningún proyecto político ni partidista”.

 

Pero sí es importante rescatar esa parte de la historia de México que han mantenido oculta por muchos años. Así como piden justicia para los caídos del 68 y los desaparecidos de Ayotzinapa, más justo es reconocer el heroísmo de miles de mexicanos que dieron su vida por su fe. Es momento de rescatar su memoria y que por fin haya monumentos a su sacrificio. Es tiempo de que se haga justicia y les den un lugar en la historia.

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